Hace ya tiempo que se puede observar el repliegue de lo social, de modo bastante significativo, en el espacio público. El espacio privado se ha convertido en el bastión de los ciudadanos que sólo participan en la construcción social a través de ritos convenientemente reglados por la lógica del consumo, en un escenario atravesado por la subsunción por parte del capital de toda actividad y donde se alude a lo público, al interés general, exclusivamente en términos instrumentales. La situación política de Madrid en los últimos años se ha regido por una voluntad, por parte del Ayuntamiento, de definir un modelo o imagen de marca. Baste recordar aquí la campaña olímpica de la ciudad, construida sobre una hiperinflación del diseño que abarca operaciones urbanísticas megalómanas [proyecto M30 por ejemplo], una regulación efectiva y estructural de la actividad del espacio público [normativización y control de su uso, imposibilitando a través del urbanismo y el mobiliario urbano ciertas prácticas inconvenientes] y, consecuentemente, el diseño y puesta en marcha de experiencias que pretenden substituir a otras de carácter autónomo.

Así, desde el Ayuntamiento se puso en marcha, como alternativa al obviamente molesto botellón, otro tipo de actividad para la organización de la experiencia juvenil tutelada, en un recinto deportivo-disciplinario [polideportivos municipales] que, bajo la denominación La Tarde y La Noche más Joven, mantuvo estos recintos abiertos los viernes hasta la madrugada procurando una opción más concordante con la imagen de la juventud propia del modelo de ciudad definido por el Ayuntamiento.

Parece que a este tipo de iniciativa que no concitó demasiado entusiasmo entre los jóvenes madrileños —¿por qué será?—  pertenece la apuesta, en el terreno cultural, de la adopción del proyecto norteeuropeo de La Noche en Blanco. En pleno furor de la campaña contra el botellón, en sus vertientes de control policial y de regulación de experiencias alternativas, el Ayuntamiento dio el paso de instituir en Madrid este evento.

La Noche en Blanco, programa de indudable rentabilidad política en términos de atención mediática y construcción de imagen de ciudad, difunde, sin embargo, un pésimo concepto de lo artístico, en particular, y de lo cultural, en general. La apuesta por un acto celebratorio-espectacular, asociado a la idea de consumo compulsivo, propio de la industria cultural, no deja de ser un intento más de regulación de toda experiencia posible en el marco del espacio público, respondiendo a la necesidad de competir con otras ciudades por ocupar un lugar de relieve en el imaginario colectivo global que, a la postre, se vincula con el imperante. Es decir, pretende construir un simulacro de identidad colectiva para su venta en el mercado doméstico e internacional. Seguramente el casi millón de euros invertidos en este evento podrían tener un mejor destino en un ámbito donde usualmente los artistas trabajan en condiciones de precariedad.

Es la misma precariedad que muchas veces obliga a participar en modelos que, más allá de tentativas reformistas, merecerían el rechazo de unos productores culturales que en estos ámbitos operan como cómplices de la ceremonia de la confusión ya que, al fin y al cabo, sin su concurso LNEB tendría difícil su legitimación, supervivencia y consolidación.

Estos actores, a menudo autoproclamados independientes, entran aquí en escena reforzando, legitimando e instituyendo un teatro y una representación colectiva de la producción de sentido que condenan a la invisibilidad a cualquier intervención realizada en este contexto, con el agravante de que la participación generalizada sumerge a la colectividad en un consenso tácito de tolerancia acrítica.

Es por esta cuestión estructural que toda participación, sea de corte crítico o integrador, sirve al doble propósito de desactivación de sentido y de refuerzo del propio mecanismo de mediación. Así, la financiación pública de la cultura aparece ante nosotros como el dispositivo que junto al consenso y participación universal, destierra definitivamente a la cultura misma, entendida como un entramado de relaciones sociales.

En este punto nos situamos explícitamente en oposición a La Noche en Blanco, fuera del consenso de tolerancia, pidiendo a todos una participación activa en este proceso de negación. Un acto de resistencia ante la instrumentalización, a la vez que señalamos las enormes consecuencias que para un proceso de construcción social conlleva el apoyo y la participación en LNEB.